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MIS ESTUDIOS - PARTE I

1984, Calle Cerro San Andrés, Taxqueña, campus UIA

Como parte de la mayoría de bachilleres del Externado, yo también apliqué en la UCA, la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” de San Salvador.

Ingresé en 1980 a la Facultad de Ciencias y Humanidades.

Ese mismo año, en la víspera de la guerra civil, fue asesinado en un hecho confuso uno de mis mejores amigos, Jaime Schonenberg. Una víctima más, seguramente inocente, devorada por esa turbulencia sociopolítica que nos envolvió a todas y todos en El Salvador, sin excepción.

En esa facultad conocí y nos hicimos novios con quien más tarde sería mi primera esposa, y con quien procrearía en Ciudad de México a primer hijo: Diana Patricia Ávila (Q. E. P. D.). Diana fallecería por causas naturales en el Estado de California en julio del año 2000.

Comenzó el país a desangrarse. No pocos comenzaron a emigrar. Años después cuando me dediqué en México al trabajo de atención social con refugiados centroamericanos, llegué a escuchar la posición de que en estos años, cualquier salvadoreño que cruzara las fronteras patrias podría ser considerado un refugiado de facto, dado ese espiral de violencia.

Ciertamente, muchos Pericos 79 volaron en diferentes años y a diferentes países. En espejo a nuestro tiempo, también nos incorporamos a la diáspora salvadoreña que se fue estructurando desde entonces, a fuerza de los hechos, como consecuencia del gigantesco desplazamiento forzoso. Por eso, tenemos Pericos 79 en Australia, Canadá, Estados Unidos, México, Brasil, toda Centroamérica.

Mi turno de volar llegó en 1984. Exactamente el 4 de abril de ese año dejé el país. Quedó una carrera universitaria a medias, la familia destrozada, muchos amigos dejados atrás en medio de la guerra civil. Una ruptura profunda, de por vida, para unos y para otros. Gracias a los guías jesuitas de la UCA (en particular gracias a los Padres Ignacio Ellacuría e Ignacio Martín-Baró) teníamos Diana y yo un privilegiado puerto de arribo en la Ciudad de México: la Universidad Iberoamericana (UIA).

La llegada a la UIA fue una cordial bienvenida. Las cartas de los padres de la UCA fueron recibidas por el Vice-Rector de Intercambio Académico, el Padre Carlos Escandón, quien se encontraba en el sendero de ser Rector de la UIA. Y, en efecto, así fue: en 1988 fue nombrado Rector. Con el Padre Escandón establecimos una amistad muy sólida pues fue quien bautizó a nuestro hijo en la parroquia jesuita de Cristo de la Conquista en la Calle San Bernabé de la Delegación Magdalena Contreras.

La UIA que encontramos había sufrido devastaciones de los sismos recurrentes, en especial por el del 14 de marzo de 1979. De hecho, ya se encontraban en marcha los planes para moverla de la zona sur (Taxqueña) a un nuevo campus en la zona poniente (Santa Fe). Nosotros, nos ubicamos en el entorno de Taxqueña a 4 calles de la universidad.

Ignacio nació el 18 de julio de 1985. Habíamos hecho un curso de Parto Psicoprofiláctico (sin medicamentos para el dolor), el cual nos había unido con otras parejas extranjeras abocadas al mismo fin de traer al mundo a una nueva generación. Pero dos meses después de nacido nuestro hijo, los sismos nuevamente escribieron la historia de México y su capital, pero en este caso el daño fue a gran escala, amplificado, devastador. La zona de Taxqueña se vio muy afectada y nos mudamos forzosamente. Paradójicamente, quienes habíamos salido empujados por la guerra nos fuimos a encontrar en la Ciudad de México con la muerte de la que habíamos salido huyendo. Un número indefinido de refugiados centroamericanos (entre ellos, salvadoreños) murieron en estos sismos de 1985.

Ignacio en 1989, Centro Vacacional Oaxtepec, Morelos, México.